martes, 12 de julio de 2011

COCA Y SHAMANISMO



EL desarrollo que conocieron los grupos humanos hacia esquemas complejos de relación en el ámbito de la América prehispánica, evolucionó desde etapas iniciales de igualdad social a otras de estructuración jerárquica y de especialización, expresadas en los conceptos de banda, tribu, jefatura y estado. La aparición del shamán como individuo diferenciado dentro de esas incipientes sociedades y con capacidades para vincular el ámbito divino de los espíritus con el terrenal, reflejaba un cambio en las relaciones internas del grupo y de éste con el medio, consecuencia manifiesta de la búsqueda de garantías en su devenir existencial y de respuestas ante acontecimientos inexplicables en los que los dioses jugaban su papel. Ello alcanzó su mayor grado de complejidad en las sociedades urbanas, en las que el sacerdote se convertiría en el heredero inmediato de la tradición shamanística, recayendo en él funciones religiosas y políticas de indudable trascendencia. El reconocimiento del vínculo entre sociedades de escasa estructuración interna y la aparición del shamanismo justifica la existencia, desde fases cazadoras-recolectoras iniciales, de individuos especializados con dedicación parcial, capaces de comunicarse con los poderes sobrenaturales para curar enfermedades con la ayuda de los efectos catárticos del ritual o para predecir el futuro, aunque en ocasiones ese conocimiento del mundo selectivo era empleado para la coacción, ya que se podían causar males por medio de hechizos.


La consideración como especialista reconocía socialmente al shamán, quien actuaba no dentro del esquema de calendarios sagrados preestablecidos, sino determinado por situaciones concretas.
Unas actividades que, perpetuadas a lo largo del tiempo, adquieren en su dimensión social un carácter integrador a través de la ejecución de actos simbólicos que implicaban la participación activa de los individuos, y donde las fuerzas naturales y sobrenaturales eran puestas bajo control, adquiriendo significado dentro de su patrón cultural, y conllevando por parte de la comunidad el mejor desarrollo de las actividades cotidianas, gracias al bienestar social y físico de sus miembros.
Su comunicación con unos espíritus que toman formas animales, como serpientes, aves rapaces, primates y felinos básicamente, y de elementos de la naturaleza, como viento, lluvia y trueno, dieron lugar a la aparición de composiciones simbióticas de lo humano, animal y natural de carácter mágico-religioso, generalizadas en toda la América prehispánica. Reflejo de un concepto animista del cosmos, la imbricación existencial de seres humanos, animales y cosas, garantizó a los shamanes su perpetuación en el tiempo, y si bien inicialmente su aparición habría que ponerla en relación con incipientes excedentes de producción que permitieron la especialización de algunos elementos de la sociedad, su presencia en etapas evolutivas más desarrolladas hablan de su trascendencia dentro de las culturas prehispánicas.

El conocimiento que se tiene en la actualidad del shamanismo en el periodo prehispánico ha sido proporcionado por la información aportada por las fuentes históricas, por la arqueología a través de restos materiales, entre los que destaca una producción escultórica figurativa de uso exclusivo, y la etnografía comparada, que nos aporta, a través del conocimiento de sociedades indígenas actuales, propuestas que se consideran en un estado similar al que alcanzaron aquellos grupos.
Esas representaciones escultóricas muestran al shamán como un individuo en posiciones ceremoniales, sentado, recostado, mascando coca, inmerso en sueños o vistiendo y adornando su cuerpo de una manera especial, con símbolos diferenciadores y expresivos de sus poderes.
Una apariencia externa en ocasiones complementada con una iconografía fantástica en la que los elementos humanos y animales han expresado una dimensión sobrenatural propiciatoria, reflejo de su papel intercesor con los dioses. La presencia de éstos en el arte de las culturas prehispánicas ecuatorianas no es excepcional. Desde los periodos iniciales del Formativo en culturas como Valdivia, aparecen ataviados con una indumentaria ritual en la que sobresalen tocados, collares y orejeras, que se mantiene durante el periodo del Desarrollo Regional en la cultura Tolita. Características que, complementadas con el detalle de las actitudes, ya que es frecuente mostrarlos realizando rituales en los que se consumen productos sicotrópicos o alucinógenos indispensables para efectuar su viaje al Otro Mundo, se mantendrán inmutables tanto en la región costera como en la andina hasta el periodo de Integración.

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